¿Por qué Xocomil?


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LA LEYENDA DE XOCOMIL



A las orillas del lago Atitlán, puedes escuchar a los abuelos al regresar de pescar, justo antes que inicien los fuertes vientos que azotan las aguas, contar la historia, la historia de un amor prohibido y una traición que los ríos no perdonaron y que aun hoy junto al viento, protestan el pecado de su amada princesa…

Mucho tiempo antes de la formación del lago existían tres grandes ríos y sus aguas se juntaban al centro de los tres volcanes. El Cacique de la región tenía una hija, una bella doncella de largo y negro cabello, de suave figura y de una belleza incomparable; su nombre era Citlatzin. La princesa Citlatzin acostumbraba cada día a caminar a las aguas de los ríos para bañarse y con una dulzura excepcional cantaba. Los ríos se enamoraron de ella y cada día la escuchaban llegar a bañarse y con sus melodiosos y bellos canticos jugar en sus aguas; con melancolía la veían partir. Ellos quedaban con ansias esperando nuevamente el día siguiente cuando escucharían de nuevo los pasos y el cantico de su amada. Los ríos se creían los amantes de Citlatzin aunque sabían que ella era la prometida del hijo del cacique del norte.

Una mañana de tantas, después del baño usual, Citlatzin decidió dar un paseo para recoger algunas flores para su madre. En el camino se topó casualmente con el plebeyo hijo del carpintero de la región de nombre Tzilmiztli. No era permitido que la nobleza se mezclara con los plebeyos pero el encuentro casual de Citlatzin y Tzilmiztli los impactó a ambos. Al verse a los ojos sintieron como la electricidad les recorría el cuerpo y no querían separarse jamás. Desde ese día, Citlatzin y Tzilmiztli se encontraban a escondidas y compartían momentos inolvidables. Un día sin pensarlo Tzilmiztli le rozó la mejilla y la beso. El beso fue el inicio de una apasionada aventura que los hizo enamorarse y aferrar el alma hacía un destino incierto y sin futuro.

Mientras tanto los ríos veían un cambio en Citlatzin que no sabían como interpretar. Ya no jugaba en sus aguas cristalinas como antes sino que se apresuraba a bañarse y hasta dejó de cantar para ellos. Ellos sabían que algo la distraía pero no comprendían que era. Se morían de la curiosidad así que decidieron preguntarle al viento si podía contarles que sucedía. El viento les contó de los encuentros de Citlatzin con Tzilmiztli. Los ríos se enfurecieron y se cegaron de los celos, decidieron hacer algo para separarlos. Le pidieron al viento que les ayudaran a traer a Tzilmiztli y Citlatzin a las aguas. Querían castigar a Tzilmiztli enfrente de Citlatzin.

El viento soplo y empujó a Tzilmiztli y a Citlatzin hasta las aguas de los ríos y cuando llegaron a la orilla empujó con más fuera a Tzilmiztli para que entrara a lo más profundo de las aguas. Tzilmiztli se enredó en las aguas enfurecidas mezcladas con el viento que lo envolvían para hundirlo en ellas. Cuando Citlatzin notó lo que estaba sucediendo decidió que no podía vivir sin Tzilmiztli y voluntariamente entró a las aguas y en medio de la furia tomó la mano de Tzilmiztli para luego hundirse con él hasta las profundidades y morir junto a él.

Los ríos al ver que Citlatzin había decidido acabar su vida junto a Tzilmiztli se enfurecieron aún más hasta formar un choque de corrientes que cubrió casi toda la región.

Así fue como se formó el Lago de Atitlán. Las aguas nunca olvidaron la traición de su amada y junto con el viento, aún hoy protestan su pecado.